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La Catedral de la Habana; historia de una parroquia mayor.

August 21, 2010 in Lugares de Cuba y Cosas que hacer |

Por: Liborio Pais

 

En anteriores entregas estuvimos recreando el pasado de la Plaza de la Catedral de La Habana y el de las edificaciones que la circundan, pero no nos referimos al resto de la historia que permite hoy en día observar en dicho sitio del caso histórico de la ciudad, al edificio que le da nombre: la Parroquial mayor de La Habana.

Hablamos en su momento de que ya en los inicios del siglo XVIII la orden de los jesuitas se interesaba por enclavar sus servicios religiosos en el marco de la Plaza, pero sus pedidos al Procurador de la ciudad fueron denegados. Que más tarde gracias a que  el obispo habanero Diego Evelino de Compostela, compró un pedazo de terreno aledaño a la plaza fue que se pudo construir el primer y muy modesto oratorio que bajo la égida de la compañía de Jesús comenzó a brindar sus servicios en el lugar. No fue hasta 1748 que se pudo iniciar la construcción de un  verdadero edificio, que según los planes de la orden, acogería  a un colegio, un convento y a una iglesia. 

En 1767 ya se había concluido al menos el colegio, pero los objetivos de la orden no pudieron cumplirse pues fueron expulsados de la isla por el monarca español Carlos III. En 1777 el clero habanero se aprovecha del edificio para enclavar la Parroquial mayor de la ciudad, el que aprovechan tal como lo dejaron los jesuitas pues no hasta el año 1788 que por orden del obispo José de Trespalacios,  comenzaron las obras de transformación del inmueble en una perfecta iglesia transformando el colegio jesuita en lo que después sería el  famoso Seminario de San Carlos y San Ambrosio.

Durante la prelacía del obispo Espada ((1802-1832) se acometiendo importantes reformas en el edificio a fin de eliminar todo lo que se estimase de mal gusto en adornos, altares, estatuas de santos y sustituyéndolos por copias de obras de Rubens, Murillo y otros grandes maestros hechas por el pintor francés Vermay, que vivió largo tiempo en La Habana, y sus discípulos. De Vermay, quien posteriormente fundaría la Academia San Alejandro ,  se cuenta que en una ocasión mientras  pintaba uno de los frescos que se divisan a lo alto de el altar principal de la parroquia , cayó de su andamio fracturándose varias partes de su cuerpo por lo que tuvo que guardar un largo reposo de restablecimiento. Al regreso de su convalecencia  el pintor tuvo que contentarse con supervisar el término de la pintura por  sus aprendices, pues las condiciones en que habían quedado sus extremidades inferiores le impidieron  valerse por si mismo para proseguir la obra. 

El templo lo forma un rectángulo de 34 x 35 metros, dividido interiormente por gruesos pilares en tres naves y ocho capillas laterales. El piso es de baldosas de mármol negro y blanco. Entre sus capillas se destaca la muy antigua de Santa María del Loreto, consagrada por el obispo Morell de Santa Cruz en 1755, es decir, mucho antes de la transformación del oratorio de los jesuitas en catedral.

Entre 1946 y 1949 la catedral fue sujeta a un amplísimo proceso de transformación o, más bien, renovación, obra del arquitecto Cristóbal Martínez Márquez. Fue una iniciativa de Manuel Arteaga Betancourt, cardenal-arzobispo de La Habana. Y para ella, el gobierno republicano de la isla  aportó la suma de 250 000 pesos.

La reconstrucción fue un verdadero éxito pues gracias a ella el templo ganó mucho en luz, ventilación, seguridad, belleza y sobre todo en grandiosidad.

Del edificio y sus características estilísticas se hablado mucho a lo largo de los tiempos, famosos  escritores, críticos de arte y arquitectos de renombre, han dejado múltiples comentarios elogiosos sobre la belleza del edificio que acoge a la Catedral de La Habana.

El literato Alejo Carpentier decía que la fachada de la Catedral era “música convertida en piedra”.   Otro como José Lezama Lima afirmaba que esa fachada, con sus curvas, remedaba el oleaje marino.

Emilio Roig de Leushering, quien fuera historiador de la ciudad de La Habana, era de la opinión que la Catedral, el convento de San Francisco de Asís, la iglesia de Paula, la de la Merced y también  la del Ángel, son los templos de la época colonial que merecían  conservarse en la Habana de todos los tiempos como monumentos representativos. A su juicio, a la Catedral la favorecían el aspecto interesantísimo y típicamente colonial de la plaza  frente a la que se asienta, y los edificios netamente habaneros que se erigen en torno a dicha  plaza y que parecen hacer una guardia de honor permanente al viejo templo. Por su parte, escribe el arquitecto Joaquín Weiss:

Estilísticamente el edificio de la Catedral va mucho más allá que cualquier otro monumento del  sobrio barroco habanero: la concavidad de su muro de fachada, con sus columnas dispuestas en ángulo; el grado a que han sido llevadas la inscripción y la intersección de los elementos arquitectónicos, y el contorsionismo de sus líneas, lo hermanan a las obras más radicales de la escuela barroca. La Catedral de La Habana no solo prestigia la plaza a la que da nombre, sino que sin ella ese espacio perdería mucho de su venerable personalidad.

Otro de los aspectos interesantes de la historia de la Plaza es lo relacionado a si guardó o no, en su momento, los restos mortuorios de Cristóbal Colón. Cuenta la historia que  en 1796, después de la llamada Paz de Basilea, cuando España cedió a Francia su colonia de Santo Domingo, los restos del almirante Cristóbal Colón, que descansaban en la isla vecina, fueron  depositados en la Catedral de La Habana, junto al altar del Evangelio, bajo una lápida que decía: “O restos e Imagen del grande Colón –mil siglos durad guardados en la Urna”. En 1892 las cenizas fueron traspasadas a un monumento funerario, obra del escultor español Antonio Mélida, que se instaló en la nave central del templo,  y allí estuvieron hasta que en 1898, al cesar la soberanía española sobre Cuba, se llevaron a España.

¿Eran esos en verdad los restos del Almirante de la Mar Océana? Para muchos, la presencia de los despojos de Colón en Cuba  es uno de los enigmas de nuestra historia.

Colón murió en Valladolid, el miércoles 20 de mayo de 1506. Se le dio sepultura en la capilla de San Juan de la Cerda. Fue un enterramiento provisional pues en 1509 se transfirieron sus restos al monasterio de Las Cuevas, en Sevilla. Tampoco este sería el sitio definitivo, ya que entre 1537 y 1559 se llevaron a Santo Domingo los despojos del Almirante a fin de que descansaran junto a los de su hijo Diego y los de su hermano Bartolomé. Desde allí, como ya se dijo,  viajaron a La Habana y luego a España.

Esta bella historia se vio perturbada en 1877 cuando monseñor Roque Cocchia, delegado apostólico en Santo Domingo, declaró haber encontrado en la Catedral dominicana la tumba del Almirante. Al decir de Cocchia, los restos de Colón nunca salieron de ahí. Siguiendo su versión, a La Habana debieron llegar los de su hijo Diego, bien por error o por la voluntad deliberada de los padres dominicos que custodiaban la Catedral en el momento en que se decidió el traslado, deseosos de conservar los preciados despojos. De esos restos hay parte en Venezuela y también en las ciudades de Génova y Pavía.

Para algunos, las revelaciones de monseñor Cocchia no merecen crédito alguno. Para ellos, los restos de Colón son los que estuvieron en La Habana y reposan ahora en Sevilla. Otros son de la opinión de que las cenizas verdaderas no salieron nunca de Valladolid y no faltan los que aseguren que se encuentran en el monasterio sevillano de Las Cuevas. Algunos más las ubican en Puerto Rico o en el lugar más imprevisible. El italiano Paolo Emilio Taviani, una autoridad insuperable en lo que a la vida del Almirante se refiere, es del criterio de que los restos de Colón son los de Santo Domingo. La figura del Gran almirante siempre ha generado innumerables polémicas. Al igual que su lugar de nacimiento, la muerte de Cristóbal Colón  sigue estimulando la mitología y la fábula.

La catedral de La Habana, por el momento, sigue  siendo mencionada en algunas de las teorías  que existen sobre el tema por todo el mundo.


La Catedral; historias de una plaza habanera II

August 12, 2010 in Lugares de Cuba y Cosas que hacer |

Por: Liborio Pais

 

En nuestra última entrega  estuvimos comentando la evolución de la Plaza de la Catedral, el lugar del llamado casco histórico de La Habana que mayor cantidad de turistas recibe cada día. Disponer de unas vacaciones en Cuba y no llegarse a la parte más bella y armoniosa de La Habana colonial, sería un error.

Ahora pretendemos seguir esa línea de información , pero abordando historias relacionadas con los edificios ubicados en su entorno y que ayudan a completar su paradigmática imagen de tiempos pasados.

Comencemos por el más añoso de los edificios que la circundan, el Palacio de los Condes de Casa Bayona. Está ubicado en el fondo de la Plaza, en el lado opuesto y frente por frente a La Catedral. Es una amable casona que carece de portales y esto la identifica de manera particular. Es anterior a La Catedral, pues se edificó en 1720. En el siglo XIX fue adquirida por el Colegio de Escribanos y daba animación a la Plaza por el gran número de abogados, agentes y procuradores que acudían al lugar. Más tarde el edificio fue conocido como “la casa de La Discusión” por funcionar allí el periódico de ese nombre. Este hecho le confiere a la casa un lugar importante dentro de la historia de la prensa cubana , no porque la publicación haya sido de las primeras en la isla pero sí por introducir por primera vez el linotipo para editar sus diarios, lo que permitió humanizar considerablemente la labor de los obreros de imprenta en Cuba. Además Manuel María Coronado quien era el dueño de “ La Discusión” rompió con el criterio generalizado por aquellos años de que no funcionaba comercialmente la edición de un periódico dominical .

Coronado demostró que la prensa podría también tener presencia el último día de la semana, siempre que contuviera artículos de otro tipo , con temas de tal interés que se requiriera más tiempo y calma para leerlos. Al desaparecer ese diario se mantuvo allí durante cierto tiempo un interesante museo periodístico hasta que el inmueble fue adquirido por la empresa ronera Arechavala instalando allí el Bar Habana Club en la década del 40 del pasado siglo.

Al Palacio de los Condes de Casa Bayona se le considera una de nuestras más típicas casonas por su aspecto exterior, por su simetría y la distribución regular de sus plantas.

En uno de los lados de la Plaza, en posición perpendicular a la Catedral , se encuentra el Palacio del Marqués de Aguas Claras o del Conde de San Fernando. Desde hace muchos años este edificio acoge las instalaciones del conocido restaurante El Patio.

Francisco Filomeno Ponce de León, tercer Marqués de Aguas Claras, la construyó en el siglo XVIII. Sus descendientes la vendieron en 1870 al Conde de Peñalver. De ahí que este palacio se conozca indistintamente por los nombres de esos dos títulos.

Como elemento histórico importante de esta casona se puede mencionar que en uno de los apartamentos del piso superior de este edificio, vivió Víctor Manuel uno de iniciadores de la pintura moderna en Cuba, cuya obra es bien considerada en todo el mundo. De sus pinceles salió el emblemático cuadro Gitana Tropical , especie de Gioconda cubana que se exhibe en el edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes.

Enfrente del Palacio del marqués de Aguas claras se ubica el Palacio de Lombillo. Este edificio tiene dos fachadas y, pese a ser muy bella, la menos importante es la que mira a la Plaza. Existía ya en 1739 y fue mejorada en 1741 y definitivamente ampliada con portales en 1746 cuando, no sin grandes dificultades, su propietario logró el permiso del cabildo para tomar cuatro varas del espacio de la Plaza. Su dueño en esa época era José de Pedroso y Florencia, hijo del Tesorero Real. En 1823 era su inquilino Carlos de Pedroso y de Garro, conde de esos apellidos. En 1874 se asentaban en el inmueble las oficinas, o escritorio, del central San Gabriel, propiedad del tercer Conde de Casa Lombillo y de su hermano, que residía allí y estaba casado con una Pedroso. En 1937 este Palacio fue sede del Ministerio de Defensa Nacional y lo ocuparon después diversas dependencias del Ayuntamiento habanero, entre ellas, la Oficina del Historiador de la Ciudad, que ahora vuelve a acoger.

Colindante con el Palacio de Lombillo se encuentra el Palacio del Marqués de Arcos. En 1739 vivían en el espacio que ocupa esta casona las hermanas Melchora y Josefa de Avilés. En 1741 ocupó ese sitio la fastuosa residencia de Diego de Peñalver y Ángulo, Tesorero de la Real Hacienda. Su hijo, Ignacio de Peñalver, fue nombrado Marqués de Arcos en 1792, en pago a los servicios prestados a la Corona durante el sitio de La Habana por los ingleses. A mediados del siglo XIX sus descendientes se trasladaron para una nueva casa, y arrendaron esta a la administración de correos. Se llamó de la Tesorería cuando la ocuparon los dos Peñalver, padre e hijo , que a usanza de la época despachaban sus asuntos laborales desde su propia casa.

Esta casa tiene dos frentes: el que mira a la Plaza de la Catedral y el que mira a la calle Mercaderes, que siempre se ha tenido como el principal.

Según el criterio de avezados especialistas constructivos, este palacio es indudablemente el tipo más perfecto de casa colonial que queda en La Habana de nuestros días. No hay nada más típicamente habanero que el zaguán y las escaleras de este palacio. Si alguna construcción de La Habana merece visitarse es esta, pues posee detalles artísticos que no se ven en ninguna otra casa de la ciudad.

En ella funcionó, a partir de 1844, el Liceo Artístico y Literario de La Habana. De ahí el mural de la calle Mercaderes que recuerda a grandes figuras de la cultura cubana en los tiempos de la dominación española sobre la isla.

Perteneció después a la Marquesa de Villada y, con el tiempo, quedó convertida en casa de vecindad, por lo que en la actualidad cumple un período de mantenimiento capital para después ser reabierta a la vista de sus posibles visitantes.

Completa el contorno de la Plaza otra hermosa mansión, sin portales, mucho menos palacial y mucho menos típica que sus vecinas. En una de sus paredes está la tarja conmemorativa de la construcción de la Zanja real que se encargó durante siglos de traer hasta la ciudad las aguas del río Almendrares para ser aprovechada por los habaneros.

Esta casa merece mención por la importancia y el desgraciado destino de sus dos moradores principales en el siglo XVII; personajes de prominente posición social y política y que murieron en la cárcel lejos de su tierra natal.

Antonio Palacián y Gatica, dueño de esta casa en 1740, era Teniente Gobernador y Auditor de la Gente de Guerra, es decir, el segundo al mando de la ciudad de La Habana. Además, había creado una cátedra de leyes en la universidad habanera. Pero en unión de otro aristócrata de la ciudad presentó una denuncia contra el gobernador de la isla ,Güemes de Horcaditas, y fue procesado por el gobernador interino y encerrado en el sombrío castillo-presidio de San Juan de Ulua, en Veracruz, México.

A Juan Francisco Güemes de Horcasitas, primer Conde de Revillagigedo, la aristocracia habanera lo llamaba el tirano e hizo cuanto estuvo a su alcance para que Madrid lo sacara del cargo. Avaro y rapaz como ninguno de sus antecesores y más ladrón que todos ellos, Güemes, que asumió el gobierno en 1734, unía a esas características otra peor: no dejaba robar a los demás. Eso sí, enviaba al Rey lo que era del Rey y las rentas que de aquí remitía a España no habían alcanzado antes auge mayor. Eso, y la segura defensa que garantizaba de la Isla, hacían que cayeran en el vacío todas las quejas que en su contra elevaba a Madrid el patriciado criollo, que para salir del intruso no vislumbraba ya más solución que un rayo lo partiera.

Y casi fue así pues un buen día el gobernador cayó fulminado por un ataque de apoplejía que lo puso a las puertas de la muerte. Cantaron victoria aristócratas y burgueses. Pero el hombre se fue a Santa María del Rosario, disfrutó de los beneficios de sus aguas medicinales, y treinta días después volvió a La Habana como nuevo, gordo y colorado como nunca antes, y dispuesto a seguir haciendo rabiar a los que pedían su relevo, hasta 1745 cuando cesó en la Isla para asumir como virrey de México.

Otro posterior morador de sus habitaciones también correría un enclaustrado destino. En 1751 la casa pasó a poder de Sebastián de Peñalver y Calvo de la Puerta. Regidor, Teniente de Alguacil Mayor, Alcalde de La Habana en diferentes ocasiones y Coronel de Milicias. Se destacó muchísimo en la defensa de la ciudad contra la agresión británica, pero, una vez cesada esta, fue acusado de colaboracionismo con los ingleses y enviado a la Península y condenado sin que su enorme fortuna y alto prestigio social pudieran impedirlo. Fue recluido en el presidio de Ceuta, donde murió poco después.

Alrededor de 1840, aprovechando el antiguo desagüe de la Zanja, se instalaron en esta casa los baños públicos de Guiliasti, primeros en su clase que existieron en La Habana. No sería hasta las décadas finales del siglo XIX cuando hoteles y casas de huéspedes principales empezaron a incluir lo que entonces se llamaba “el lujo del baño”. Los establecimientos que no los poseían se limitaban a indicar a sus clientes dónde podían bañarse, con un precio que oscilaba alrededor de los 30 centavos.